THE FATE TALES
SAGARÍS, año 945.

Tras dos mil años de historia, la capital de la joven Oligarquía de Aelthim se yergue como una urbe cosmopolita y en auge. Nudo de rutas comerciales, la Revolución Industrial ha expandido y transformado la estructura de la ciudad, haciendo de ella uno de los lugares más poblados del mundo conocido.

Sin embargo, la prosperidad y la riqueza de la metrópolis se nutre de la explotación. El nuevo proletariado se encuentra subyagado bajo un gobierno que apoya la industrialización, en el que el puño de la burguesía se apoya para perpetuar la situación.

¿Estás dispuesto a tomar parte en un mundo preparado para la lucha y el conflicto? ¿Estás dispuesto a tomar las riendas de tu destino?


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Orai Parethu

Mensaje por Orai Parethu el Dom Oct 21, 2012 6:38 pm










- Raza: Arkad
- Habilidades: Ilusionismo, Visión nocturna, Ekrixinesis
- Edad: 24 años
- Sexo:Varón
- Lugar de nacimiento: Kassleu, Pallatia, Imperio de Kireth
- Nacionalidad: Aelthea
- Clase social: Clase media-alta
- Orientación sexual: Bisexual
- Creencia religiosa: Agnosticismo
- Diezmo: Repartido










- Altura:180 centímetros

- Peso: 60 kilogramos

- Rasgos faciales: extraños, alejándose de la belleza clásica. Su rostro es de líneas claramente rectas, con el perfil en forma de triángulo algo acentuado, cuyo vértice es la nariz. Los labios son, quizás, demasiado carnosos, aunque combándose hacia arriba en las comisuras. Las cejas, por otro lado y, para más inri, son también grandes, al contrario de sus orejas, que, sin embargo, sobresalen en demasía. A pesar de todos estos rasgos discordantes, su rostro presenta un aura extrañamente atrayente, remarcada esta sensación por unos ojos profundamente azules. Por último, mencionar el color de su cabello: castaño.

- Cuerpo: delgado y apenas musculado dado el escaso ejercicio que realiza. Por si todo lo descrito anteriormente no remarca una apariencia algo infantil, el vello corporal es bastante escaso, exceptuando, levemente, en las piernas y el pubis. Además, tiene varios tatuajes repartidos por el torso y los brazos.

- Vestimenta: suele vestir de colores más bien neutros o de tonos acromáticos, teniendo predilección por el contraste entre blanco y agrisados o negro. Tiene clara predilección por el estilo militar, además por razón de origen, por no sentirse cómodo con esas prendas sueltas que brindan poca protección y dejan su piel expuesta al sol. Las telas que usa son de calidad, llevando medias de seda y bordados sencillos, pero caros. El calzado siempre es cerrado, no siendo raro que use botas.










- Personalidad: definir a Orai brevemente no es algo sencillo si se quiere llegar a conocer realmente al personaje; sin embargo, de tenerse que describir en una palabra, ésta sería reservado. Nadie, salvo Aïnna, sabe su pasado, dado que ella se ha ganado una confianza casi incondicional, y son pocos los afortunados que conocen algún retazo de su vida. No se avergüenza de la clase social de la que procede, sino de los sucesos que ha debido soportar. Es tremendamente orgulloso, y eso, aunque le haya jugado malas pasadas en ocasiones, es una parte indiscutible de su día a día. Sarcástico, cortante, no es tan difícil de tratar de como lo fuere en un pasado cercano, pero aun así, no le agrada en demasía la compañía. Muchos achacan su forma de ser a creerse superior a los demás, lo cual, en cierta medida es cierto, pero falso en esencia; su desprecio al mundo se debe, principalmente, por lo que ya en el pasado éste lo ha deparado. Siempre suele ser muy irritable, hecho aumentado por la dificultad que tiene para dormir por regla general. En realidad, su único momento de debilidad es cuando despierta a continuación de haber tenido una de sus fuertes pesadillas, por lo cual jamás deja la puerta de su cuarto abierta. Poco a poco su estabilidad mental ha ido menguando y es posible que, en diversas ocasiones, entre en estado de enajenación mental, algo en lo que influye el uso de drogas. Sus nervios son, a veces, difíciles de controlar, y puede perder la paciencia hasta el punto de volverse violento. Suele controlarse, o intenta hacerlo, pero no siempre puede llevar a cabo este objetivo.



- Gustos y placeres: el laúd, desde luego, por gusto y, sobretodo, por desahogo, pues es prácticamente lo único que consigue aliviar su dolor interno. Sin embargo, rara vez lo toca con alguien delante, no, al menos, sus composiciones personales, con la salvedad de Aïnna y Ralko, pues quiera o no, comparte casa con el kratora y, aunque quisiera, no puede evitarlo. Al margen de eso, poco es lo que le tranquiliza o lo que disfruta realmente.



- Conocimientos y habilidades: realmente sus conocimientos no son muy extensos, debido a su bajo origen. A parte del laúd, su interés no se centró realmente en ningún otro campo, aprendiendo, eso sí, a leer y a escribir. En cuanto a idiomas, apenas sabe poco más que su lengua materna, con algunas palabras extrañas para los aeltheos y con un marcado acento, dado que nunca se permitiría hablar mal un idioma, requisito casi indispensable para progresar en su estudio. Lo poco que sabe es gracias a las lecciones que recibió en Mirthira, en casa de los de Phalssaat.

Su dominio de las habilidades está centrado en el ilusionismo, el cual aprendió gracias a Aïnna, y, en menor medida la ekrixinesis, que le enseñó Ephrien, y en la visión nocturna, por la comodidad y utilidad que puede sacar de estas.



- Intereses: Orai es objeto de la obsesión que supone intentar resucitar a Ephrien y a ello dedica la mayor parte de sus esfuerzos. Fue ese el principal motivo por el que quiso aprender acerca del mundo de esas “artes prohibidas” y la única esperanza que logra motivarle.



- Manías: a parte de dormir con la puerta cerrada con cerrojo, y no descansar con nadie, es un maniático del orden y de la puntualidad, sólo faltando a citas o llegando tarde cuando él mismo se lo propone, no admitiendo reprimendas por ello; por el contrario, si alguien llega tarde a sus citas en demasía, y eso no es demasiado tiempo en realidad, tiende a marcharse, más por desprecio que por aburrimiento. También cuenta con varios tics nerviosos, localizados en los músculos que rodean su ojo izquierdo o en sus pies, los cuales tiende a mover repetitivamente bastantes veces.



- Miedos: un peso fuerte en su personalidad, aunque jamás llegaría a aceptarlo. En el fondo es un alma asustada, que esconde esa realidad por encima de todo. Miedo a conseguir algo y que se lo arrebaten, miedo a la decepción, miedo a ser débil, miedo a que le dominen, miedo a enamorarse, etc. Pese a todo, logra ocultarlo, pues ni siquiera él es consciente de esto.
Orai es un alma libre, que no soporta las ataduras o las imposiciones. Si hace algo, será porque así lo quiere; al fin y al cabo, casi siempre ha sido capaz de escapar de las situaciones que no le gustaban. Odia la debilidad, no la ajena, si no la propia, por lo que busca evitar cualquier situación que le exponga hacia esto. Él debe de ser el mejor en lo que se proponga, cueste lo que cueste; no puede ser inferior.



- Orientación sexual: sus inseguridades y su distanciamiento con el mundo dificultan este campo en amplia medida. Al margen de eso, la ambigüedad moral que vive le hace no tener predilección por un género u otro. Es consciente de sus necesidades físicas y no se las niega, pero prefiere evitar cualquiera situación que tenga que pasar por el cortejo o, mucho peor, los sentimientos. Por ello recurre a prostitutos y cortesanas.
Hace años se dio cuenta de que tenía predilección por la sangre y que ésta, en encuentros sexuales, le excitaba; aunque él era consciente que detrás de aquello debía haber un complejo pensamiento lógico elaborado por su subconsciente. De todas formas, son contadas las veces que ha llevado a cabo esa perversión. Quizás su violento pasado y la euforia de su primer asesinato lo hayan trastocado de forma irreversible.











Un grito de furia e impotencia fue ahogado, como otras tantas noches, contra la cubierta de una mullida almohada. A continuación, el lamento fue seguido de un leve sollozo que sólo hacía que insistir en las emociones ya descritas. Después, tras un suspiro, la pieza quedó en un inquietante silencio.

El largo cojín recubierto de raso se desprendió poco a poco del rostro aniñado de aquel muchacho, descubriendo unos rasgos simétricos a la par que discordantes, pero también unos ojos iracundos tan que abatidos. Su pelo castaño oscuro, casi moreno, caía sudoroso, pegándose contra la frente, al tiempo que aquellas pupilas azuladas se perdían en el infinito, en la nada. Pensaba, sí, pensaba en el mal sueño que había tenido, una pesadilla ¿Una? No, una entre otras tantas. Se repetían constantemente, variaban en tema, forma o apariencia, pero siempre coincidían en algo: no eran agradables. Agravios, muertes, injurias o violaciones eran algunos de las visiones que bien pudieran a veces confundírsele con su vida real, con sus recuerdos, con su pasado...


- - - - -


Akathés Pallasi había nacido hacia el final del Segundo Entretiempo del 920 en Kassleu, una villa localizada en la Pallatia thoresa. Su padre era uno de los tantos jornaleros que poblaban la región, pero a diferencia de los demás progenitores del lugar, él, en realidad, no era su padre. Nadie, salvo quizás su madre, tenía constancia de quién podía ser el de verdad. Se rumoreaba que quizás fuese uno de los nobles de la zona, o quizás un amante de la ciudad, incluso se había llegado a decir que era fruto de un incestuoso encuentro con uno de sus parientes. Fuera como fuese, la mujer se llevó consigo el secreto a la tumba, cuando el muchacho tenía el lustro de edad. Hasta entonces, el niño había crecido contando con el amor de su madre, aunque un escaso apego de su padrastro, por razones obvias.

A partir de los seis años, con su madre ausente a causa de una fatal neumonía, el niño fue relegado casi a la más profunda soledad familiar. Bastardo, como era, no recibió un apoyo pleno de la villa y sólo las almas cándidas o las desapegadas a sus propios principios se atrevían a tratar a Akathés como lo que en verdad era: una persona; el resto, bien se afanaba en ignorarle, rechazarle o hacerle objetivo de un buen número de humillaciones.

Su padrastro, como buen número de hombres de pueblo, era dado a la bebida, pasándose frecuentemente con ella, habiendo traído consigo la violencia a la casa. Al margen de lo ya mencionado, el hombre no era una mala persona, sólo un varón adulto con el ego herido a causa de aquella infidelidad y con una afición que le hacía perder el control sobre sí mismo. Así, sin tener una mujer con la que desfogarse, al cabo de las semanas, fue siendo objeto de necesidades físicas propias de su género. De esta manera, sin tener dinero suficiente como para pagarse a una meretriz, bajo los efectos del alcohol, terminó por descargarse con el chico.

A partir de entonces, la vida de Akathés empezó por volverse más complicada. Su contacto con el mundo exterior comenzó a ser cada vez más escaso, rehuyendo de la conversación o el juego con el resto de niños, incluso de aquellos que le trataban bien. Su carácter poco a poco se volvió más difícil de soportar, teniendo ataques de ira y comenzando a adquirir manías que tardaría años en quitarse, si realmente logró tal hazaña. Esa no fue la última vez que su padrastro le violara. Los encuentros se repetían frecuentemente, por mucho que el chico pidiera clemencia o intentara zafarse, incluso cuando, al fin, éste volvió a casarse.

Así fue. Teniendo el muchacho nueve años, el hogar volvió a contar con presencia femenina y, por si no fuera suficiente con una mujer, el número se había elevado a tres. Casi se podría decir que aquel matrimonio había sido más bien por conveniencia que por verdadero amor. Ambos dos cónyuges eran viudos, uno con un hijo bastardo y la otra con dos muchachas de su matrimonio anterior, y, mientras una necesitaba de un sueldo más o menos fijo, el otro necesitaba de alguien que cuidara la casa y mantuviera a su hijo en vereda, al cual no hacía mucho que habían encontrado cebándose con el cuerpo muerto de un conejo, al que, previamente, había roto el cuello. Su madrastra y sus hijas no tenían una opinión muy agradable acerca de ese pequeño niño que actuaba de manera extraña; él, por su parte, no hizo mucho por tratar de cambiar su parecer.

Akathés no aguantó mucho más de un año esa situación. Pasaba las horas, e incluso días o alguna semana fuera de casa, casi viviendo como un salvaje en los bosques. Milagro o suerte que hubiera sobrevivido a la intemperie, aunque su carácter lleno de furia y violencia contenida era más que suficiente como para hacer frente a los pequeños contratiempos que le deparaba la vida, para él verdaderas pruebas, dado su temprana edad. Al fin, una noche, después de que su padre se hubiera vuelto a pasar con él, decidió que todo eso había terminado, que prefería cualquier otra cosa que le trajese el futuro a eso. Recogiendo sus casi nulas pertenencias, echó un último vistazo a aquel monstruo que había torcido su vida, reprimiéndose para no lanzar su mano hacia el tosco cuchillo que colgaba de su cinturón, y, dándose la vuelta, abrió la puerta para marcharse.

Su camino y sus pasos le hicieron seguir el perfil de la costa en dirección norte, un viaje que, en realidad sin rumbo, le llevó largas semanas, viviendo casi como había sobrellevado la temporada anterior. El destino quiso que, tras andaduras, terminara por arribar a la ciudad de Mirthira, donde, después de andar perdido por las calles, le terminaron por conducir hacia un orfanato local, donde le prometieron comida caliente y un lecho que no estuviera a la intemperie. El muchacho, esperanzado, aceptó. No le mintieron, tuvo lo que le habían dicho y, más aún, obtuvo lo que en su vida había conseguido: una compañía más o menos agradable. Allí, entre todos esos niños, encontró gente que no se interesaba tanto por su pasado y, a la que si lo hacía, podía eludir o engañar. En efecto, allí fue donde, en verdad, Akathés aprendió las grandes ventajas que podía traer consigo la mentira, sobretodo si era una mentira bien hecha y que difícilmente pudiera ser descubierta. En el orfanato el chico reencontró aquello que se pudiera llamar amistad, aunque él mismo desconfiara de los que se suponía que eran sus amigos, guardando gran parte de su vida y de sus pensamientos y opiniones para sí mismo. Por otro lado, su temperamento se templó, relajándose, pero aún presente aquella reserva hacia el mundo y aquellos arranques de furia, incontrolables y a veces impredecibles, en ocasiones fruto de nimiedades. La vida de Akathés no era espléndida, pero el pallatés no se quejaba; prefería aquello mil veces a la vida en la naturaleza, por no hablar de lo que ya había pasado con anterioridad. Pero, como todo foco de felicidad, por muy ínfimo o dudoso que sea, éste también tendió a atraer la desgracia, como, de hecho, hizo.

Unas cuantas semanas después, conoció a otra persona que, si bien en un principio chocaron, terminaría por convertirse en alguien bastante importante. Aquel al que nuestra historia se refiere, era Ephrien de Phalssaat, segundo hijo de los nobles gobernantes de la región. En un principio, el agrio carácter del muchacho, sumado a, quizás, la envidia que sintiera con ese varón al que la vida había sonreído desde un primer momento, hizo que ambos dos chicos no terminaran por llevarse bien, pero, una pelea callejera en la que el pallatés estuvo inmerso y de la que no salió bien parado, terminaron por unirles. El maltrecho estado en el que terminó Akathés pareció conmover a Ephrien, el cual lo llevó a su casa para que se recuperara. Aquel fue el inicio de una amistad que, con el paso del tiempo, fue volviéndose más sólida y profunda.

Por aquel entonces, Akathés ya sufría aquellas pesadillas que, noche sí y escasa noche no, llenaban sus horas nocturnas. Tal era la intensidad de aquellos malos sueños, que habían tenido que habilitar un pequeño trastero para que el chico durmiera alejado de sus demás compañeros y, así, no despertarlos. Pues bien, aunque el muchacho era celoso con el verdadero contenido de sus sueños y, más aún, con el motivo que los causaba, al final sintió la necesidad de sincerarse con alguien y, ante la insistencia del administrador del orfanato, le contó su historia. La compasión por aquel muchacho y la escasa comprensión que pudiera haber mostrado pronto desaparecieron; en su lugar, solamente quedaron una retahíla de palabras que se tornaron en forma de extorsión: si Akathés no quería que la gente se enterara de su pasado, debería darle algo a cambio; debería hacerle ciertos favores. Así, a la edad de trece años, el muchacho se convirtió en un amante efebo para el administrador del orfanato. Cierto es que podría haberse marchado de la ciudad, como ya hiciese antes, pero se sentía ligado a Ephrien y no creía poder abandonarlo.

Fue gracias al nuevo brillo de esperanza supuso este muchaho el motivo por el que volvió a encontrar un rumbo a su vida, una razón por la que luchar y, sobretodo, un punto alrededor del cual determinar qué quería y que no y, desde luego, los encuentros con el administrador no eran de su agrado. De esta forma, en solitario, comenzó a convencerse de que tenía que liberarse de él, que tenía que escapar de allí, pero sin ponerse en peligro, sin arriesgarse a que nadie se llegara a enterar de aquella situación y de la que anteriormente ya había vivido, y él sólo creyó que había una forma de hacer tal cosa. Unas noches después, el administrador acabó con un cuchillo atravesando su pecho, al tiempo que la sangre caía sobre el torso desnudo de Akathés. Por unos instantes el chico se sintió extremadamente bien, eufórico, aunque, después, la urgencia por abandonar el lugar le atenazó. El muchacho ya tenía previsto dónde marcharse, así que no tardó en aparecer en las cercanías del palacete donde Ephrien residía.

En un principio, Akathés vivió escondido del resto de los habitantes de la casa, pero, como era obvio, al final terminó siendo descubierto. El padre, que por algún casual se llamaba de igual manera, viendo la unión que había entre ambos, aceptó al chico bajo su techo. Por primera vez, Akathés tenía algo que llamar hogar de verdad, por mucho que pudiera sentirse que, en el fondo, no pertenecía a aquella familia. Allí fue donde entró en contacto con lo que, en realidad, pasaría a ser su pasión: el laúd. Ephrien sabía tocar decentemente aquel instrumento y el pallatés pronto se mostró deseoso de imitarle. Al comienzo su avanzar fue lento, pero pronto, en no más de dos años, superó a su amigo, dado las largas horas que pasaba delante del instrumento.

Durante ese primer año en la casa, la convivencia y el roce diario terminaron por acercar aún más a ambos chicos, cuya diferencia era poco menos que dos años. Ambos dos tenían por costumbre pasar la mayor parte del tiempo posible juntos y, fue en uno de esos fríos días de invierno cuando, al final, sus miradas, sus pensamientos y sus deseos se encontraron para que, al final, sus labios terminaran por fundirse en uno solo. Akathés y Ephrien se convirtieron en una especie de amantes ilícitos, pero, esta vez, con el apoyo de ambos a tal relación. Siempre llevaron en secreto sus encuentros y sus sentimientos, cosa que, en realidad, no les resultaba muy difícil, pues desde siempre habían estado muy unidos y ya no extrañaba a nadie que casi no se separaran. Pero, unos pocos días antes de que Akathés cumpliera los diecisiete años, el mal azar volvió a hacer presencia en la vida del chico. Ephrien le comunicó con pesar que le habían prometido. Su padre le había encontrado esposa entre la alta burguesía adinerada, de forma que una familia obtuviese un título nobiliario mientras que el futuro del muchacho estaba bien asegurado. Obviamente, a Akathés la noticia no le sentó muy bien y ambos muchachos intentaron buscar una solución, la cual resultó ser el diálogo directo con el conde. El encuentro terminó en una discusión, pues los jóvenes defendían su intención de seguir juntos, mientras que el progenitor no estaba dispuesto a ceder. Incluso casi expulsan del palacete a Akathés, algo que pudo impedir, temporalmente, Ephrien. Esa misma noche, en la cama de Ephrien, ocurrió la desgracia. El desvelo de la noche, el éxtasis del sexo, sus vivencias pasadas, las violaciones de su padrastro, el chantaje y el asesinato del administrador, los celos y el miedo a perder al rubio, todo se mezcló en una amalgama que hizo al chico perder la cabeza, perder el norte, la conciencia acerca del tiempo y del espacio, el propio control de su cuerpo. En ese estado, el resultado sólo podía ser malo y, de hecho lo fue. Mató a Ephrien.

Escapó de aquella casa, de aquella ciudad y se marchó lejos, a donde fuera que el destino lo llevase. Durante aquellos años había ido consiguiendo unos fondos a partir de la asignación semanal que le habían concedido, por lo cual terminó viajando a Thelessea y, no contento con eso, abandonó el Imperio para dirigirse al norte, a Sagarís. En el camino poco hizo más que mortificarse.

Una vez en Aelthim, Akathés, que se había decidido a cambiar su nombre por el de Orai Parethu por seguridad, se dirigió a uno de las hospederías que plagaban la ciudad. Pasó varias semanas, viendo como su dinero iba disminuyendo, mientras que su vida, sencillamente, se hallaba estancada. Fue en una noche de aquel periodo estival, pocas semanas después del segundo asesinato, que el chico encontraría la salida a aquella situación o, más bien, la solución le encontraría a él. Tocando un pequeño recital, para calmarse internamente, en uno de los cafés de Sagarís, el dueño de un teatro le escuchó. Dándose cuenta del gran potencial y de la calidad técnica del chico, le ofreció la posibilidad de dar un concierto en el lugar que él dirigía. Orai, sin mucho que perder, aceptó. Aquel concierto, no se restringió a una sola actuación, pues pronto el número se multiplicó hasta convertirse en varias decenas.

La vida de Orai había comenzado. Su fama se extendió por todo el país y pronto recibió ofertas para viajar a otras ciudades. Se volvió, de nuevo, un nómada, pero esta vez con un motivo real, su trabajo y, a la vez, su pasión. Era bastante reconocido entre las altas clases de la sociedad insular y, a consecuencia de ello, su fortuna comenzó a elevarse hasta unos niveles bastante respetables. El tiempo, desde entonces, pasaba volando, viviendo, pero casi sin vivir. ¿Qué era la vida para él? Una repetición de escasos momentos de felicidad que parecían sólo existir para hacer la caída más grande aún. Odiaba al mundo y sólo parecía amarse a sí mismo, pero detestándose en el fondo por haberse convertido en un monstruo pese a creer ya haber nacido con ese mal sino. ¿Qué se podía esperar de un bastardo?

Cuando se encontraba en la ciudad de Häria, siguiendo la ruta establecida de conciertos, se perdió por las callejuelas ya habiendo caído noche cerrada. El muchacho no se inmutó, ni siquiera cuando llegó a las cercanías del cementerio y de sus innumerables y lúgubres tumbas. Allí fue donde, frente a una lápida, descubrió la bamboleante luz de varias velas impactando contra los largos y rubios cabellos de una figura humana. El muchacho se acercó, no por hablar con aquella persona, sino para dirigirse a la salida del lugar, pero su voz le detuvo. Ella quiso predecir su futuro y Orai, como de costumbre, rechazó su ofrecimiento con un hiriente comentario. Sin embargo, la mujer pasó por alto su intervención y volvió a insistir, esta vez haciendo referencia a su oscuro pasado y a la muerte de Ephrien. Orai, casi por primera vez desde entonces, se encontró realmente sorprendido, sin palabras y con una ligera sensación de miedo. La mujer, llamada Aïnna Abdabel, resultó ser una supuesta bruja con la facultad de comunicarse con los muertos, usarles en su favor y predecir a través de ellos, entre otras cosas. Orai se quedó impactado, por aquello y, aunque en un primer momento desconfió y pensó que todo aquello podría no ser más que un engaño, el chico regresó al cementerio a la noche siguiente. Poco a poco, comenzó a recuperar en cierta medida la ilusión o, más bien, la esperanza. Aïnna era como un regalo, como una muestra de que el destino todavía podía reparar parte del daño que el mundo le había causado y que le había hecho causar. La bruja dominaba a los muertos y, precisamente, Ephrien debía de ser un espíritu; por lo tanto, Orai comenzó a fantasear con la idea de que, quizás algún día, podría encontrar la forma de revivir a su antiguo amor. El pallatés propuso a la bruja acompañarle en su viaje a cambio de ser su aprendiz. Ella aceptó.

Cuatro años después de la muerte de Ephrien, Orai regresó a Sagarís sin mayor motivo que el de continuar con su profesión, algo que había pasado a ocupar un segundo lugar en su vida. Sin embargo, no tardó demasiado en cancelar el resto de actuaciones confirmadas, pues comprendió la necesidad que tenía de asentarse si quería proseguir con su estudio de aquellos procedimientos que le posibilitaran recuperar a su antiguo amante. Paulatinamente sus conciertos fueron disminuyendo hasta que, definitivamente, dejó de aceptar más convocaciones. Tenía suficiente dinero y prefería invertir su tiempo en asuntos más importantes que aquella insulsa masa que se arremolinaba para verle. Así, compró el Palacio Negro, al este de Sagarís, el cual parecía demasiado grande y lujoso para su gusto. Sin embargo, su interés no estaba en la decoración o en el espacio, sino en la privacidad que le confería y, sobretodo, en unos sótanos que no tardó en comenzar a extender. Él y Aïnna robaban cadáveres de los cementerios y de las catatumbas, las cuales habían conectado con la residencia a través de un pasadizo, protegido con magia para evitar los intrusos. El hogar pronto se descuidó y Ralko, el criado kratora que acompañaba al brujo, comenzó a tomar parte de los rituales, como ayudante.

Desde entonces, se ha interesado con lo relacionado a un mito: Kav-Shahran, una ciudad que sólo parecía existir en habladurías y relatos, y que pudiera ser la clave para el buen resultado de sus proyectos. Sin embargo, ¿era posible que las leyendas no mintiesen? Todo estaba por verse.






Última edición por Orai Parethu el Vie Nov 02, 2012 5:26 pm, editado 1 vez
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Re: Orai Parethu

Mensaje por Ciro Orestes el Lun Oct 22, 2012 5:25 am

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cuando tu ficha esté terminada.


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Re: Orai Parethu

Mensaje por Orai Parethu el Vie Nov 02, 2012 5:26 pm

Ficha terminada.
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Re: Orai Parethu

Mensaje por Ciro Orestes el Vie Nov 02, 2012 5:29 pm

Ficha Aprobada

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