THE FATE TALES
SAGARÍS, año 945.

Tras dos mil años de historia, la capital de la joven Oligarquía de Aelthim se yergue como una urbe cosmopolita y en auge. Nudo de rutas comerciales, la Revolución Industrial ha expandido y transformado la estructura de la ciudad, haciendo de ella uno de los lugares más poblados del mundo conocido.

Sin embargo, la prosperidad y la riqueza de la metrópolis se nutre de la explotación. El nuevo proletariado se encuentra subyagado bajo un gobierno que apoya la industrialización, en el que el puño de la burguesía se apoya para perpetuar la situación.

¿Estás dispuesto a tomar parte en un mundo preparado para la lucha y el conflicto? ¿Estás dispuesto a tomar las riendas de tu destino?


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Encuentros entre collares [libre]

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Encuentros entre collares [libre]

Mensaje por Keana Kolt el Vie Oct 05, 2012 10:16 am

Era por la mañana y, aunque no sabría precisar la hora que era, supo de inmediato que era muy temprano porque escuchó la puerta de casa cerrarse. Si su padre, su tío, su tía y sus primos se acababan de marchar es que realmente era pronto. Se volvió a acostar y cuando cerró de nuevo los ojos allí estaba de nuevo, ese sonido tosco y ronco que la había despertado y, tras unos segundos de no saber que ocurría ni de donde provenían, finalmente lo entendió. Su madre estaba sufriendo. Se levantó de golpe, se puso las zapatillas en los pies y andó confiada hasta la habitación donde estaba resguardada. Su santa madre no podía trabajar debido a la contaminación que les llegaba de las fábricas, por culpa de haber trabajado allí incansablemente durante años aspirando esos humos tan nocivos. Fue a la cocina y recogió aquel bol donde tenían guardados los ingredientes para la medicina -o preparado natural- para al menos, aliviar la ronca tos que no le dejaba respirar ya que no sabían como curarle su dolencia pues ningún preparado hacía efecto. Una vez lo tuvo preparado, regresó a la habitación y ya ahí se acercó a la cama de su madre. Lo tenía todo medido y bien medido, todas las distancias las tenía registradas en su mente al igual que la distribución de todos los muebles. Para andar por ese terreno seguro no necesitaba el báculo pero una vez cruzaba el umbral, lo necesitaba. Aunque supiera exactamente todas las distancias siempre podría encontrarse con imprevistos, como gente por el medio o objetos dejados sin querer.

-Mamá, soy Keana -anunció dejando el tazón con la medicina en la mesita de noche y los ojos febriles de la mujer se giraron a mirarla mientras una mano se alzaba temblorosa de la cama para acariciar la mejilla de la hija que sonrió con afecto ante el tacto.-Tienes que tomarte la medicina...-le pidió- te la he traido.
-Gracias, pequeña.-Le sonrió con afecto. Pequeña. Sí, seguía siendo la niña pequeña de su madre y su padre. La menor de los Kolt pues sus primos eran mayores y, aunque en edad casamentera el padre todavía buscaba con quien enlazarlos. A ella... ella de momento se ocupaba de la madre y de vender collares de cuentas a la ciudad de Sagarís donde iba principalmente a las plazas y vendía algún que otro pero no muchos pero al menos podía contribuir y no se sentía inutil. -¿Iras hoy a vender?
-Sí- le contestó pero su corazón se aflijió cuando escuchó toser a su madre cerrando con fuerza los párpados. Le administró lentamente aquella medicina y finalmente la mujer pudo relajarse y dormir otro tanto lo que aprovechó la hija para marcharse. Aunque siempre lo hacía con remordimiento.

Elevó una plegaria a los espíritus para que protegieran a su madre en su ausencia y finalmente encaminó hacía cada vez que se encaminaba al centro. Abandonó el gueto y empezó a andar cargada con un zurrón donde llevaba dinero y cuentas; en el camino escuchó pasos, algún que otro cuchicheo entrecruzado y silencio, lo que la relajó. Cuando llegó a las cercanías de las murallas de Sagarís empezó a llegarle a los oídos el murmullo ensordecedor de las miles de voces que habían en el interior. Tomando aire lentamente empezó a andar de nuevo, encaminándose. A medida que lo hacía los pasos apresurados, las conversaciones vecinales, los gritos de los niños y los sonidos envolventes típicos de las ciudades que despiertan se fueron entremezclando los unos con los otros hasta que llegó a la plaza y se hizo el silencio momentáneo. Escuchó a medida que andaba y la fresca brisa que corría entre los árboles le indicó donde había uno para poder sentarse. Lo eligió y, una vez aposentada, se dedicó a poner bien sus collares de cuentas y poner de tal forma su báculo que este podía ser agarrado en cualquier momento y usado al instante siguiente como arma de defensa y ataque. A esas horas de la mañana no había mucha gente pero ella tenía paciencia y sabía que de tanto en tanto algún gato se acercaría a saludar.
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Re: Encuentros entre collares [libre]

Mensaje por Adhael N. de Harik el Sáb Oct 20, 2012 5:28 pm

El contacto no había llegado y tampoco iba a presentarse. Así se lo había comunicado un chiquillo harapiento que se fue corriendo con la misma premura con la que había llegado. El hombre moreno llenó sus pulmones y expulsó el aire por la nariz, sin hacer mucho escándalo, pero demostrándose a sí mismo lo que podía hastiarle aquello. Luego, se puso en marcha de nuevo.

Se había despertado temprano en aquel decimoséptimo día de Nastorae, saliendo del maltrecho lecho a la vez que el sol surgiese de la línea del horizonte, para dirigirse a la ciudad y acudir a aquella cita. El madrugar le irritaba, pues su cuerpo se obcecaba en seguir somnoliento durante horas y a conminarle a un estado de aturdimiento que no le agradaba en lo más mínimo. Ya en su vida anterior había tenido que sufrir el acoso de esa malintencionada costumbre y en la nueva parecía ser que aún menos podía librarse de ella, habiendo perdido sus privilegios. Una vez en Sagarís, había esperado en el lugar indicado, un cruce entre dos calles principales, con la única compañía de aquel incipiente astro que prometía brillar con fuerza aturdidora, para ser objeto de las maldiciones que los transeúntes. Por suerte, él regresaría al amparo de la selva antes de que eso ocurriese.

Ahora, con la negativa de la visita, deshacía su camino hacia el este, ya que le resultaba más sencillo llegar al linde de la foresta por aquel lugar. Su rostro era serio y sereno, pero internamente se encontraba malhumorado, maldiciendo a aquel condenado arkad que no había sido lo suficientemente decente para comunicarle su ausencia con antelación, por mucho que tampoco tuviera manera de hacerlo. Su refugio y sus zulos sólo los conocían los miembros de la banda a la que él pertenecía y todas las reuniones con sus clientes se hacían en la ciudad o en los límites de ésta, con muy contadas excepciones. Era una norma meramente preventiva, pues no es que, sencillamente, viviesen al margen de la ley, sino que, además, actuaban quebrantándola deliberadamente, robando armamento y vendiéndoselo a aquellos descontentos con la política gubernamental y la estructura social. Además, siempre tenían que contar con la presencia de bandas rivales, aunque todas las demás lo fuesen. La vida en los bosques resultaba altamente peligrosa si no se sabía cómo moverse.

Saliendo poco a poco de sus quejas gruñonas, Adhael regresó a lo que sucedía a su alrededor. Las calles estaban algo más animadas, algo, que no mucho, y el silencio anterior había sido sustituido por los pasos de la gente, el abrir y cerrar de las puertas, y alguna tranquila conversación que sugería el reciente desvelo de sus participantes. Aquello, una vez, le fue en parte cotidiano, pero esa era una conducta lejana y que no estaba seguro de poder recuperar; tampoco quería si era con la condición de soportar ese peso ante cuya obligación había escogido huir y fingir su propia desaparición. El kirathí suspiró antes de fruncir el ceño en el preciso instante en el que desterró la melancolía de sus recuerdos.

Cerca del final de su trayecto para abandonar la capital, se adentró en una plaza algo más concurrida que las anteriores, algo que le extrañó. Quizás fuera eso lo que cambiara sus intenciones, pues, en ocasiones normales, hubiera seguido hacia adelante, sin prestar excesiva atención a nada más que a su camino. Esa vez, sin embargo, giró su mirada hacia los árboles tropicales que encontraban, dispuestos en cierto orden, a su izquierda. A la sombra de uno de ellos se encontraba una joven de un claro cabello que casi podía delatarla como originaria del Occidente, sentada tras unas líneas casi ovaladas que se formaban sobre el suelo. Más bien atendiendo a la irracionalidad que al interés, se acercó a ella para descubrir que, aparentemente, era una vendedora de collares. Ciertamente, le extrañó que no se percatase de su acercamiento o, al menos, que no fijase su mirar en él, pero no supo adivinar la causa. Tras unos segundos analizando la mercancía, una idea, casi un impulso predispuesto por el destino más que una ocurrencia al momento.

- ¿Cuánto vale ese de cuentas alargadas, verdes esmeralda y plateadas? – quizás no fuese común el uso de un léxico más ajustado y amplio para los colores, pero él había tenido cierta preocupación para con el arte en años anteriores, por lo que era algo más rico que el de la media. El kirathí en que ambas tonalidades precisamente porque harían conjunto con los ojos de aquel que salvase su vida días atrás. Sería un regalo para Thimothée.


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Re: Encuentros entre collares [libre]

Mensaje por Keana Kolt el Mar Oct 23, 2012 1:56 pm

De entre los pasos que resonaban en la plaza, de entre los murmullos difusos que llegaban a sus orejas y las conversación que pescaba cuando los transeuntes pasaban por enfrente de ella, logró destacar unos pasos de entre todos, unos pasos que se acercaban a ella. Parecían serenos pero también un poco decididos; ¿hombre o mujer? Pronto lo sabría. Conforme se fueron acercando sus oídos se fueron agudizando para captar el máximo de información con ellos. Y los pasos se detuvieron justo enfrente de ella lo que la hizo entender que tenía un cliente enfrente. Sonrió ligeramente ante el comprador manteniendo su mirada baja ya que no sabía exactamente como estaba sentado el otro. Palmeó sus collares buscando el pedido y sonrió más anchamente al encontrarlo. Siempre procuraba hacer sus collares con cuentas diferentes y normalmente atribuía una forma de las cuentas a un color o conjunto de colores. Lo acarició con sus dedos contando las cuentas y sus formas para luego elevar la mirada -quizás demasiado- hacía el vendedor.

-Ha hecho muy buena elección, Señor.-Le contestó.-Está hecho a mano y es de gran calidad. Los colores también son fabricados a mano y cada cuenta de las 50 que lo conforman fue pintada a mano por mi. -Su madre siempre tenía que ir detrás de ella limpiándole las manos tras pintar. Había explicado eso porque quizás quien tenía enfrente necesitara algún tipo de explicación. La verdad, no lo sabía pero era una forma de justificar el precio del mismo aunque tampoco fueran precios desorbitados pero ya había recibido quejas de clientes que habían declinado la compra al saber su precio. -Eso hace un total de 1 otero, señor.-Y sí. Le había reconocido la voz. Era joven, tenía buena salud y, si mucho apuraba, con gran determinación encima. Seguía escuchando los pasos de alrededor y de momento todos sus collares estaban a salvo.
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Re: Encuentros entre collares [libre]

Mensaje por Adhael N. de Harik el Mar Nov 20, 2012 12:12 pm

La respuesta de la mujer a su pregunta no tardó en llegar, eso sí, después de la debida explicación que la venta que iba a realizar requería. Sus palabras y, en especial, su insistencia en la manufactura artesanal de la pieza le pareció graciosa, aunque no de forma malintencionada, sino de una más jovial, pues, a pesar de su irritación anterior, aquel fortuito y provechoso encuentro subió su ánimo. No rio, sin embargo, sino que se contentó con mostrar una debida sonrisa que, pese a todo, ella no debió ver. Sus pupilas se mostraban ausentes y, en realidad, ni siquiera se posaban sobre las propias, con esa extraña característica que evidencia a aquellos que están privados de la vista. Se dio cuenta, por lo tanto, de que resultaba ser ciega, lo cual le sorprendió, debido a lo arriesgado que podía ser vender al no poder vigilar la mercancía, a su restringido entender de la carencia, pero no hizo mención alguna al respecto, temiendo no acertar con sus ideas o palabras y herir los sentimientos de la mujer. O peor, ofenderla y que se negara a cerrar el trato que tenían entre manos.

- Un otero… - repitió, evaluando más si la pieza valía lo requerido que si podía afrontar el coste. Quizás el contrabando no servía para amasar una extensa fortuna, pero, sin duda alguna, sí era rentable, teniendo en cuenta que no tenía que soportar una engrandecida renta por un cuarto mohoso y que, buena parte de la comida que su grupo consumía, la cazaban entre ellos. Además, él podía considerarse más ahorrador que despilfarrador, pues su mayor vicio era la periódica consumición de cannabis y, al fin y al cabo, no le resultaba tan costoso como a algunos de sus compañeros las frecuentes visitas a burdeles. Volviendo a centrarse en la finalidad de la transacción y no de la compra en sí, la línea de sus labios terminó de curvarse al imaginar una pareja sonrisa en el rostro del yarothí al ver el regalo. Eso fue motivo suficiente, a la par que irreflexivo, para reafirmar su intención inicial -. Sí, lo compro – regresó la mirada a esos ojos vacíos, por mero instinto, después de haberse perdido brevemente en sus cavilaciones, y llevó su mano a buscar el par de monedas que llevaba siempre encima, más por precaución que por necesidad.

Justo cuando alargó la mano para acercar el disco de plata a la mujer, el harikés se fijó en el fondo de la escena, percatándose de que otro hombre le estaba observando desde el marco de puerta contra el que estaba apoyado. En un principio le resultó familiar, pero tardó un par de segundos en darse cuenta del porqué. No sabía su nombre, pero recordaba haber visto su rostro en una de las intrusiones a los arsenales de la Guardia a robar armamento. Eso le alteró de pronto. No creía que él le hubiera visto, pues, sin duda, habría dado la voz de alarma en aquel momento, pero tener a un miembro de las fuerzas de la ciudad observándole de forma directa sin que se conociesen resultaba turbante a la par que preocupante.

- Aquí tiene – regresó su atención a la mujer, pero ahora con un tono de voz premuroso. Su calma anterior ahora también había sido desterrada de su habla y ahora sólo quería terminar la compra y desaparecer de Sagarís, en busca del amparo que podía otorgarle la selva, un territorio en el que ahora se manejaba mejor.


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