THE FATE TALES
SAGARÍS, año 945.

Tras dos mil años de historia, la capital de la joven Oligarquía de Aelthim se yergue como una urbe cosmopolita y en auge. Nudo de rutas comerciales, la Revolución Industrial ha expandido y transformado la estructura de la ciudad, haciendo de ella uno de los lugares más poblados del mundo conocido.

Sin embargo, la prosperidad y la riqueza de la metrópolis se nutre de la explotación. El nuevo proletariado se encuentra subyagado bajo un gobierno que apoya la industrialización, en el que el puño de la burguesía se apoya para perpetuar la situación.

¿Estás dispuesto a tomar parte en un mundo preparado para la lucha y el conflicto? ¿Estás dispuesto a tomar las riendas de tu destino?


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Adhael Nikaratés de Harik

Mensaje por Adhael N. de Harik el Dom Sep 02, 2012 5:38 am


Adhael Nikaratés de Harik






Varón • Kirathí • 26 años • Homoflexible • Hedonista • Decateísta

Nacimiento: Harik, Ahäd.
Nacionalidad: Ahädia
Clase social: Nobleza/Forajido
Hablidades: Termoquinesis, Ekrixinesis y Visión térmica
Diezmo: Nastorae cuando vivía en sociedad


Descripción física

De pelo castaño oscuro y ojos del mismo tono amarronado, se podría decir que Adhael encaja sin problemas en el arquetipo propio de los kirathíes, siendo levemente más alto de la media, con su metro ochenta de altura, algo que tampoco lo hace destacar mucho.

Su condición de extranjero se denota por su acento palahädio. No es muy acentuado, por los largos años vividos en Thelessea, pero tiene un leve deje en las "j", las cuales pronuncia como es propio del habla de Harik, como "h aspirada".

Algo característico de él es su andar, ya que padece una leve cojera de la pierna derecha, a causa de un accidente que tuvo con trece años. No le impide correr, aunque sí al máximo de lo que estaría capacitado, pero al caminar se puede percibir este pequeño defecto y, en días de frío o mucha humedad, puede provocarle dolores. Además de las cicatrices de ese percance, también tiene alguna, superficiales y de apenas un par de centímetros de longitud, en brazos y torso, fruto de dichos entrenamientos con armas blancas y su estadía en la selva. Otro de sus defectos físicos es su poca tolerancia al alcohol, por lo que no es alguien muy dado a las bebida de este tipo, aunque no rechaza consumirlas si son de baja graduación.

Su expresión es más bien seria, no siendo muy propenso a las muestras extremas de sus emociones, sino más bien de forma medida. Cuando le corroe la impaciencia, no puede evitar hacer tamborilear los dedos en cualquier superficie sobre la que estén posados. Además, si se encuentra nervioso, los brazos le empiezan a molestar, sin saber bien qué hacer con ellos.

En lo referente a la vestimenta, prefiere el uso de esos tejidos livianos que han pasado a configurar el estilo propio de Aelthim, por su poca tolerancia al calor. Estando en su habitación, no es raro que ande con el torso al descubierto, pero, en público, no le gusta estar sin algo encima, algo que no aparenta, pues las telas que porta a veces son translúcidas. Para ajustar la cintura, usa el típico fajín, del que parten las bermudas y, cuando hace frío, usa una casaca algo vieja. Sus zapatos son siempre cerrados, usando normalmente botas por el terreno de la selva, y no reniega del uso de turbantes, en ocasiones para ocultar su identidad. Prefiere el uso de tonos rojizos, verdosos o amarronados, amén de los acromáticos.


Descripción psicológica


La primera expresión que suele recibirse al encontrarse con este Harik es una seria, quizás amable, pero muy rara vez desbordante de alguna emoción. No es demasiado hablador y es raro que inicie una conversación si no tiene motivos para ello, aunque, más que tímido, es reservado, y su sonrisa, generalmente, es más de cortesía que de sincera felicidad.

A lo largo de los años ha descubierto, o al menos se ha hecho a la idea, que las personas, cuanto más importante resultaba ser su posición social o poder, mayor hipocresía le rodeaba, ya que la gente tiende a buscar su favor por interés o a pretender evitarle por miedo a su reacción, por su cargo y no por su personalidad, algo que añadió a las razones para no contar sobre su ascendencia. Así es que valora la sinceridad de las personas, aunque es consciente de que ni él mismo puede contar todas sus verdades, llegando a tener que mentir en ocasiones, pero intentando reducir esto, al menos con la gente que logre su aprecio. Es alguien fiel, aunque hacia un número muy reducido de personas, pero no como proceso racional, sino como lazo que surge naturalmente, siempre manteniendo clara la lealtad hacia sí mismo.

El orgullo le puede, en ocasiones, borrando cualquier rastro de amabilidad de su rostro. Hay temas que, es posible, le alteren hasta hacerle perder los estribos.

Generalmente, le cuesta conciliar el sueño a horas tempranas, aunque es algo que recupera por las mañanas, pues suele ser reacio a madrugar y despegarse de las sábanas le resulta algo trabajoso. Una de sus rutinas es el entrenamiento físico, costumbre adquirida en Thelessea y perpetuada, ahora con más razón, por su día a día.

En cuanto a habilidades, se podría destacar que sabe tocar dos instrumentos: el oud y el ney, a los cuales dedica bastante tiempo, pero en soledad, no gustándole mostrar esas dotes en público salvo en contadas ocasiones. A parte de eso, tiene una buena visión y puntería, por lo cual prefiere el uso de arcos y de armas a distancia antes que la lucha cuerpo a cuerpo, aunque esté preparado para ella.

Le gustan los tonos rojos y los días de lluvia, aunque tenga que permanecer a la intemperie, pues, al regresar a casa, adora la sensación del cuerpo entumecido frente a la chimenea. Sin embargo, no le gusta bañarse en agua fría, aunque esté forzado ahora a ello. También tiene afición por perder el tiempo observando las hondas que se forman al expirar el humo del tabaco y, como bebida, tiene una cierta predilección por el mosto, a veces algo adulterado con agua.

Sufre de una acrofobia moderada, sintiendo que su cuerpo se inclina hacia adelante al estar al borde de una diferencia importante de altura, aunque no le afecta si está alejado de él. Padece una adicción leve al cannabis, otro hábito adquirido en Thelessea, en cuyas saunas se arrojaban semillas de la plantas. Debe fumar al menos una vez cada dos semanas al menos.

Su orientación sexual es claramente homosexual y, aunque no se cierra a que pueda enamorarse de una mujer, es consciente de que es una opción bastante poco probable. Relativo a la sexualidad, hay que destacar que tiene una especie de fetiche por la ropa militar.

Es decateísta, ya que es la religión con la que ha crecido, y no está dispuesto a renunciar a su fe. No entiende a los Dioses como entes benévolos, sino como seres que rigen sobre diferentes cuestiones de la vida y el mundo, pero con sentimientos, intereses y opiniones, al igual que cualquier mortal. Tiene especial devoción por Nastorae, como diosa protectora de su familia, y por Aldemnus.


En cuanto a sus ideas políticas, podría decirse que no es estrictamente democrático, pero considera que el gobernante debe ayudar a dotar de grandeza a su territorio y prosperidad a su gente. Así era que tenía intenciones de invertir las ganancias de la venta de lidtita en hacer de Harik una ciudad monumental y en garantizar mejoras en los servicios públicos. Sin embargo, eso quedó atrás y, ahora, la máxima relación que tiene con la política es su ayuda a los movimientos obreros, por el contrabando de armas, aunque es una cuestión de necesidad, no ideológica.


Historia

El quincuagésimo primer día de Riathoren (o del periodo hibernal), en el año novecientos diecinueve, Nikara Tasseatés de Harik rompió aguas. Según cuentan, fue un parto difícil, aquel en el que, entre los muros del Palacio Ducal, el nuevo vástago vería por primera vez la luz del día. Adhael, le llamarían, del ahädio "ad'Haïl", o "en el que recae la esperanza".

Lo cierto, resulta, que su creación no fue fortuita, ni tampoco fruto del amor, como bien pudiera llegar a entender él dicho concepto a posteriori, sino como resultado de un deber que sólo aquellos que tienen un legado por transmitir pueden llegar a comprender. En su caso no se debía a unos territorios en manos de la nobleza, sino a un linaje que era más prestigioso que el que pretendía aparentar. Los Conde-Duques de Harik, hasta hacía tres genraciones atrás, habían pertenecido a la raza brahai, como era propio del lugar; sin embargo, en el año 851, Hiphez, el cuarto de su nombre, adoptaría a una pareja de kirathíes llegada hacía poco de Aelthim. El acto fue llevado en secreto, pues, en realidad, los nuevos miembros eran los últimos Grandes Príncipes de la dinastía de los Theirós, recientemente derrocados. A la muerte de Hiphez, el rey de Ahäd intercedió para que la herencia recayese sobre los adoptados, pues veía con preocupación que Aelthim, monopolio de la producción de shen, estuviera regido por un régimen en el que economía y política se mezclaban directamente y tenía intenciones de que, antes o después, los Theirós recuperaran el trono.

El primer problema que se encontraron a la hora de engendrar descendencia fue la escasez de kirathíes en Ahäd, por lo que, para encontrar a alguien acorde a su posición, las tres generaciones anteriores a Adhael contrajeron matrimonio con familias nobles del Imperio, siempre conservando el apellido y la residencia en Harik. En un principio se optó por el aislamiento, ya que se prefería evitar que alguien descubriera la procedencia de los Conde-Duques, pero la madre de Adhael ya tuvo mayor libertad de movimientos. Era ella la descendiente directa de los Theirós y, por lo tanto, la sucesión recaía en Adhael, al ser el primogénito, pues, como era propio en el Imperio, el sexo no importaba a la hora de herencias.

No hay grandes eventos que contar en su infancia, no saliendo más que en contadas ocasiones allende los alrededores de la ciudad, y no tardó en comenzar su educación, aprendiendo, con el paso de los años, los dos idiomas principales, ciertos conocimientos técnicos y otros de humanidades. Creció desconociendo su origen, hasta la edad de once años, para evitar que, como niño, pudiera contar el secreto. Al ser informado, su primera reacción fue la incredulidad, para, después, verse embargado por la emoción, sobretodo al ser consciente de las intenciones de su familia de recuperar el trono de un país que, ahora, era independiente. Sabiendo su procedencia, el orgullo se infló hasta convertirse en soberbia.

A los trece años de edad abandonaría Harik para viajar al otro lado del mundo, a Thorás, donde viviría con sus abuelos paternos y adquiriría una educación más rica, incluso de la que pudiera obtener en Ambelea, ya que, el fin, era que pudiera estudiar en Thelessea, algo que haría año y medio después. El rico archipiélago del sur, con el que ningún otro podía rivalizar, y la ingente metrópolis que era su capital, que superaba con creces el millón de almas, hizo que su altivez se templara en cierta medida, no hasta el punto del menosprecio, como resulta obvio, pero sí evitando la necesidad de alarde de su grandiosidad. La Ciudad Azul le sentó bien al joven Harik, ya que abrió su mente y conoció otra cultura. No es que en el Palacio Ducal se siguieran las costumbres ahädias, pero tampoco se hacía alarde de las propias del Imperio, no como se mostraban en Aelthim o, sobretodo, en Thorás. El color, la energía exuberante, incluso el exceso o el libertinaje, el disfrute de la vida, en general, era algo que se podía sentir en cada casa, calle o recodo de Thelessea y de lo que él, en principio, bebió; aunque sólo para aprender, pues, en algunos de los casos, le estaba prohibido la deleite de dichos placeres por su cuestión familiar.

Pocas semanas después de llegar a Thelessea, sería objeto de un accidente que le dejaría varias semanas en cama y una tara de por vida. Su entrenador le había mandado ir a buscar al almacén un par de espadas para practicar e, intentando alcanzar la caja, ésta se le cayó encima, aplastándole la pierna. Tras un largo reposo, pudo volver a andar, pero con esa dificultad que iría disminuyendo con los años. Como era obvio, las burlas no tardaron en surgir, pero él, a base de puño e influencias, logró acallar las críticas.


Los Theirós se habían caracterizado por una costumbre, entre otras que portaban. Ésta, al menos, extrañó a los habitantes de Aelthim cuando llegaron al poder e, incluso, hizo que los moralistas sintieran desprecio por sus reyes; por suerte, el Principado ya llevaba muchos años siendo parte del imperio y su forma de vida era la predominante. Desde hacía siglos, los miembros de la familia tenían la obligación de tener su primer encuentro sexual con un varón o mujer, virgen también, al que no conociera previamente. La elección se realizaría de entre varios candidatos y candidatas al mediodía y tendrían que pasar el resto de la jornada con esa persona hasta la puesta del sol, con la única condición de no dar sus nombres. Dos noches después, volverían a encontrarse para llevar a cabo el cometido. La parte de la tradición desconocida para los ajenos a la familia era que aquel contratado para el evento, sería asesinado al amanecer, en un ritual relacionado con Shaeth, Paladín de Nastorae que los Theirós consideraban como uno de sus antepasados. Adhael también tuvo que pasar dicha situación, contando él con quince años, cuando su madre fue a visitarle a Thelessea. Sin embargo, él incumplió el pacto en dos partes: intercambió nombres con el muchacho que escogió, llamado Nathim, y le avisó de lo que iba a suceder para que pudiera escapar. Nadie se enteró de su parte en la huida, pero tampoco volvió a saber nada del chico.

A los dieciocho años, regresó a la tierra que le vio nacer para comenzar a conocer el Ducado que algún día debiera administrar, uno de los más importantes de Ahäd y que tenía gran importancia para Aelthim, ya que gran parte de la lidtita, mineral sobre el que sustentaba la Revolución Industrial, que se exportaba era originaria de allí. Eso presentaba una parte beneficiosa y otra negativa: por un lado, les daba una fuerte base económica y amplias relaciones con ciudadanos del archipiélago central y, por otro, les hacía más conocidos y, por lo tanto, más fácilmente reconocibles. Aunque su madre y el monarca brahai tuvieran claras intenciones de que él comenzara a moverse para derrocar el régimen aeltheo, él ya había desarrollado una leve apatía ante esa idea. Cierto era que le daba rabia que se hubiera perdido el gran patrimonio que tenían, pero tampoco entendía por qué debía dedicar tanto esfuerzo y arriesgar su posición en Harik, ya que, de una u otra forma, esa era su tierra y, en unos años, era el lugar que gobernaría. Las presiones de su madre comenzaron a ser cada vez mayores hasta el punto de que éstas se volvieron imposiciones y, en el periodo estival del año novecientos cuarenta, embarcó con destino a Sagarís para poner en marcha la conspiración. No duraría mucho en marcha, pues diez semanas después, él elaboraría su propio complot, fingiendo un secuestro que le permitiera escapar de ese deber impuesto.

Huiría a la selva, donde pasaría a formar parte de un grupo ajeno al sistema que operaba en ella, gracias a los contactos que le ayudaron a huir. Dicha banda se dedicaba principalmente a la caza, ya que eran pocos los viajeros que se atrevían a transitar los caminos y, por lo tanto, era complicado practicar el pillaje. Sin embargo, como fuente principal de ingresos, su función era el contrabando de armas, nutriendo, principalmente, a grupos obreros de Sagarís y almacenando la munición en la densa foresta, lejos del alcance de la ley. Habiendo nacido en una clase diferente, sus necesidades son distintas a las de sus compañeros, los cuales desconocen su origen, y tiene la opinión de que, antes o después, su vida deberá dar nuevamente un giro. Sin embargo, no tiene, de momento, intenciones de forzar eso y se mantiene expectante a los movimientos que los revolucionarios debieran efectuar para tomar posicionamiento y decisiones.




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